domingo, 29 de abril de 2012

Sin título, 8.

De cabello gris y ojos pardos caminaba por las calles de París. Un ruido tenue quemaba sus oídos, pero intentaba dejarlo pasar, como si allí nada ocurriese, excepto esas luces violetas que le daban vueltas alrededor de los ojos. Le parecía extraño que nadie lo mirase, ¿acaso no sentían también? ¿acaso no se deprimían como él por los feroces rayos que creaban las luces violetas y cantaban al son de un viejo tambor? Parecía que las calles de ese otoño envuelto en esplendores se habían ahuecado hasta formar un sin fin de canaletas absurdas bajo sus pies. ¿Y lo demás? ¿dónde quedaba lo otro? El sabor amargo del agua tibia que solía correr por su cuerpo, el ácido mesiánico que sentía siempre dentro de su cabeza, lo agrio de una tarde que pudo ser y no fue. Y el sonido del tambor que no se callaba, y las grietas que seguían abriéndose, y el lamentable aspectos de las luces violetas que se multiplicaban minuto a minuto, y él, él mismo que seguía sumido en la más desesperante tranquilidad, desde el mismo momento en que la que lo ataba a esta tierra se había perdido solo por encontrar la maldita aguja en un maldito pajar.

martes, 8 de noviembre de 2011

Sin título, 7.

Espera lenta y dolorosa, dulce y despiadada.
Frío que invade a un cuerpo que miente.
Ojos eufóricos y perplejos.
Falsedad infinita, eterna.
Mentiras perfectas, hechas para no sufrir.
Verdades ocultas, desgarrando mi piel.
Sigo buscando una razón coherente,
que me haga sobrevivir.
El conejo blanco se pierde en el vacío
y a pesar de todo sigo buscándolo.
El agujero negro continúa envolviéndome
lenta y perversamente.
¿Cuándo será el día en que se corten mis hilos,
se ahoguen mis palabras
y quede mi cuerpo inerte?
Lo que me pregunto en realidad,
es hasta cuándo durará mi agonía.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Pura ficción

Cada vez cuesta más sostener mi aliento; crece y crece la inconmensurable mentira en la que me veo envuelta. Estoy enloqueciendo aún un poco más y no puede frenar la terrible fuerza que me quita el alma. Veo, pero no. Siento, en el vacío. ¿De qué se trata este terrible angustia que me persigue? Tiene lógica, es razonable, aunque pura ficción, pura mentira. Lo demás, ya no alcanza.

lunes, 15 de agosto de 2011

El páramo

Caminando lentamente por un páramo gris, vi una sombra impasible, devastada. No hacía más que estar allí, mirándome fijo, buscando con sus ojos los mios; cada vez que intentaba correrle la vista, algo me lo impedía. Ella copiaba mis movimientos de manera escalofriante, con el rostro vacío, la sonrisa malévola y el ceño desafiante. Lograba penetrar en mi mente, y me hacía ver cosas que no quería conocer: su infinita sensación de soledad, su tristeza eterna, su temor al mundo. Me hizo sentir lo que ella sentía, vibró en cada uno de mis nervios su desasosiego, un puñal se clavó en mi corazón sin dejar más que un agujero limpio, como el que ella tenía.


Sin hablar, sin siquiera producir sonido alguno, me enseñó su más vívida pesadilla, la de no encontrar nunca lo que estaba buscando, la de ser un fracaso para sí misma. En mi mente, ella se proyectaba sola, en un futuro agobiante y terrorífico.


De repente salí del trance y me encontré parada frente a un espejo, con las pupilas dilatadas, la respiración entrecortada y las venas exaltadas. Afuera se veía el páramo donde yo vivía. La sombra... ella estaba dentro mio.

jueves, 28 de julio de 2011

Sin título, 6.

Vivo, muero, y no logro renacer. El vacío es cada vez más hondo, el agujero negro cada vez más profundo; sáquenme de esta espera, como sea.

martes, 7 de junio de 2011

Sin título, 4.

Método de descargue interno, escribir. Quiero reventar por cada minúscula parte y no puedo, quiero gritar y me callan, ¿por qué son tan crueles? Me quebrantar la existencia de una manera inaudita, un conjunto de nadas que hacen un todo generalizado que me carcome por dentro, me hace ver más agujeros negros que nunca en mi vida, muchos más incluso de los que ya escribí. Ahora no hay motivos, no hay conejos blancos, no hay nada más que una desesperación inmensa, que no sé de dónde proviene ni mucho menos. Que por primera vez quiero que desaparezca, como nunca, deseo volver a la vida, a la realidad, y sonreir.... Pero no, sigo sosteniendo las pelotudas lágrimas para no dar explicaciones de por qué mierda caen, para que nadie me pregunte ¿qué te pasa? ¿Estás bien? O nada por el estilo, no hay respuesta, NO HAY RESPUESTA.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Sin título, 3.

Luces bajas, un poco de tartamudeo previo, titilar nervioso de párpados y algo poco más digno de ser contemplado que... Una vez le habían dicho que en realidad era fácil encontrar una aguja en un pajar, simplemente había que predisponerse. La muchacha de ojos negros miró por la ventana. Claro, pensó, como si fuera fácil predisponerse. ¡¡Nada más absurdo que buscar una aguja en un pajar!! Y dicho sea de paso, nada más aburrido. Me prendo otro cigarrillo, tomo otro café... ¿Qué hago? Seguir titilando sin parar, temblar mientras agarro el encendedor, nada... La única que me queda es entregarme a la tarea de... buscar la aguja en el pajar. Sí, así de literal. Porque por si no lo mencioné, la muchacha de ojos negros no usaba dichos populares, la nervaban. Sacó sus perdidos párpados de la ventana y giró. Vio el pajar inmenso que la aguardaba, la devastadora tarea que podía llegar a significar aquello. ¿Y todo para qué? ¿Era necesario demostrarle al mundo que podía predisponerse? Además, nadie se lo había pedido. Solo se había despertado una mañana y de la nada se encontró con un gran pajar en su casa. Supo, desde el primer momento, que allí habitaba una aguja. Le daba miedo contárselo a la gente, la tildarían de loca, ¿cómo puede ocurrir aquello de la noche a la mañana? No, no y no. No podía hacerlo. Por eso había dejado casi a oscuras su casa, hacía días que no invitaba a nadie, se ponía nerviosa, tartamudeaba; sabía que tenía que encontrar la aguja, pero parecía un tarea obsoleta. Y no dejaba nunca de revolotearle en la cabeza aquella frase que le habían dicho una vez... En realidad es fácil, pensó nuevamente mientras esquivaba la tarea.

Por varios días pudo salir y vivir sin pensar tanto en eso, pero ya no le era posible. No quería salir de su casa, estaba completamente arruinada, y no veía otra solución que revolver y revolver hasta encontrar la aguja maldita.

Sabía que ese era el momento y empezó a temblar más fuerte. Algo dentro suyo le dijo que en el momento en que apague el cigarrillo debería adentrarse y conseguirlo. Ese instante estaba cada vez más próximo. La colilla asomaba, la ceniza era cada vez más grande, el fuego se consumía, sus labios se quemaban y la cabeza le explotaba.

Tiró su única esperanza al cenicero y cerró los ojos. Cual nadadora profesional se tiró de clavado al pajar, sientiéndose consumida por un leve placer demónico. Cuando salió del shock y se dio cuenta de lo absurdo de su tarea ya era tarde, intentó salir y algo se lo impidió. Lo único que quiso en ese segundo fue que le alcance la respiración para encontrar la inexistente aguja.

martes, 26 de abril de 2011

Sin título, 2.

No sé si hay algo que quiera decir, lo único que sé es que mil cosas me atormentan sin cesar, y no puedo sacarlas de dentro mio. Huyendo de la realidad es más difícil seguir, me dijeron una vez, puesto que el corazón queda en el pasado, y lo único que te une al otro plano es la ficción. No comparto. Y no es que no comparta que con uno solo queda la ficción, sino que lo que no creo es que así sea más difícil. El mundo de la imaginación es en mi vida el más propicio para volar, salir de la vida absurda que llevo, imaginar nuevas mentiras, creerlas ciertas en mi interior. Sentir que vivo en ese otro lado y disfrutarlo como pocos, con la convicción de saber que hay quienes también lo hacen, y que allí no me sentiré sola. Si sueño veo agujeros negros, pero si vuelo, no hay nada concreto, nada que pueda romperme y obligarme a dejar mi vida a un lado.

Irse lejos es la solución, pero siempre con la condición de seguir donde uno está, irse con todo, menos con el cuerpo; nadie nos entendería de otra manera, y eso es lo que siento, que estoy lista para dejar prácticamente todo, menos la inercia absurda de respirar, la increíblemente estúpida necesidad de sentirme viva.

martes, 29 de marzo de 2011

Triste historia.

Fue muy triste su historia. Una de esas que sacan lágrimas hasta del mismísimo agujero negro del olvido. Pasar de la cumbre del idilio al devastador momento de la amargura más inmensa, en tan solo un suspiro. No podía, no quería, entender cómo había sido que su vida había dado tan grande vuelco. Un vuelco que podía causar el mayor de los desgarros. El desgarro de un corazón que ya no veía, no amaba, no cantaba ni bailaba. Pero como este no es un recuerdo cursi, ni se asemeja a ello, lo importante no era el corazón desgarrado, sino el alma vaciada, el ser triturado en sus fibras más duras e irrompibles. Eso era ver cómo se iba. Como se le escapaba de entre las manos, como su tacto comenzaba ya a olvidarse del suyo. Es el recuerdo del dolor insensato e insensible, de ese que rompe y desmigaja hasta lo inexistente, del que hace que uno se olvide de que duele, porque el dolor ya no lo deja ni pensar.


Comenzó a desvariar en el momento en que se fue, y ya nada fue igual. En algún tiempo había sido su vida, y se sentía feliz tan solo pensando en que tenía el futuro asegurado, que todo lo que juntos habían planeado podía ocurrir, era viable, y lo sabía. Pero se habían encargado de que nunca pueda sentirse bien, de que todo lo que alcanzaba se vaya en el mejor momento, dejándole con el gusto agrio en la boca y las palabras no dichas en sus labios, dejarle así, sin más, como si no fuese más que un desecho, un juguete del hado maléfico que le perseguía, un punto negro en todo un cosmos, un olvido de los tantos que se olvidan de olvidar.


Le dejaron la soledad por compañera fiel y ésta gustosa cumplía su rol. El rol de recordarle cada segundo que era la única en su vida, y que así sería, siempre. Que no tuviera esperanzas porque no, él no volvería, nunca más, no en toda una vida, que es lo que te queda a mi lado. Vio irse a su dueño con un dejo de deseo, creyendo que era solo parte de una broma macabra. Pero no. Con el tiempo vio que en verdad había ocurrido, que ni un mal sueño ni una pastilla diabólica habían producido las imágenes en su mente. Comenzó a desintegrarse, perder el color, a adquirir un tono opaco y amarillento, a borrarse, a perderse en la punzante locura del desengaño. A no ser más que una ínfima parte de la gran nada que era el mundo que estaba descubriendo, a nunca poder ver el todo de algo que no existía, de aquello que alguna ilusa vez creyó. De lo que pudo ser, y nunca fue. Porque la vida no es hermosa como dicen, es solo una pequeña isla de desolación e infortunios. El lugar por el que se pasa para darse cuenta de lo que vale el sufrimiento, el caos, la perdición, todo esto comparado a la nada, es sólo nada, es la putrefacción de un cadáver marchito.


Y así siguió perdiéndose en sí mismo, el libro que una vez alguien, dejó tirado en el río, sin siqueira terminarlo, por temor a encariñarse.

sábado, 5 de marzo de 2011

Ánimos autodestructivos.

Entré casi sin querer a escribir esto, y me da miedo cuando pasa eso. Me da miedo porque hay dos opciones siendo tan de madrugada: o estoy con ánimos autodestructivos o bien el alcohol penetró mi cerebro. Por como suena, ninguna de las dos es muy salubre. No puedo definirme por una, así que supongamos que como el alcohol me llegó al cerebro estoy más autodestructiva que otras veces. Veo fantasmas donde no sé si los hay, observo cosas que no puedo determinar si están sólo en mi imaginación o son parte de la fachada cursi que me rodea. Oigo gritar a las paredes, aunque sé que eso no puede ser cierto, pero en verdad ocurre, mientras mi cama gime dolorida por algo que ya no siente, que no ve, que no es, que quizá nunca fue. Lo más triste de todo no es su gemido, sino el sentirme triste cuando verdaderamente no lo estoy, pero lo puedo sentir, inundando mis poros de manera atroz, jugándole una mala pasada a mi existencia, haciéndome aún más miserable, transformando mi débil cuerpo en cenizas.
Sólo me queda gritar y suplicar al vacío un poco de vida, mientras relleno mi vaso casi vacío y enciendo otro cigarrillo más, gritar y suplicar, y no lo hago, no hay forma de que lo haga. Cuanto más lo pienso más lejano me parece el tiempo, el momento en el que casi lo hago.
Desbordo desconciertos, inquietudes, deseos, penas, tristezas, conjunto de cosas que no le hacen bien a mi mente, o quizá sí, quizá ayuden a ordenar mi instinto suicida y postergarlo un poco más, por si acaso me depara alguna otra pena digna de ser vivida, algún deseo que deba cumplir... Por si acaso, y tan solo por eso, extiendo mi paciencia al mundo un poco más, decido seguir nervandome con mi alrededor, por si acaso vengan cosas peores, que no me puedo perder.

sábado, 19 de febrero de 2011

Los simples

La vida es una gran encrucijada... La gente medita las cosas de manera increíble, cagándole la vida a uno sin motivo aparente, haciendo infeliz a esa pobre gente que mira la vida con ojos de nómade errante. Intervienen en tu momento sin ser coherentes con tu rutina, con esa maldita rutina bien formada por los simples, por los que realmente no ROMPEN VIDAS, no QUIEBRAN ESTRUCTURAS, no se la pasan pensando en cómo hacer al que tengo enfrente más desdichado. Pasan por la carretera mirando a su alrededor intentando ser mejores que vos, sin poder serlo, pero luchando con todas sus fuerzas, y cuando creen que ganaron la batalla, los simples les pegamos el golpe final.

miércoles, 19 de enero de 2011

Golpes

Pleno Enero... El calor nos había fulminado a todos. Se veían solamente pequeños pasos por el camino, los cuales, sin duda alguna, mostraban que sólo los niños se atrevían a caminar ese mediodía. Y nosotros, claro. De a uno fuimos llegando, lentamente, como si nos arrastrasen de las piernas y nos movieran en contra de nuestra voluntad. Nos mirábamos fijamente, intentando saber cuál de todos era el más débil, el más devastado por lo sol, y mandarlo a mejor momento. Nos sentamos, luego, y sólo observábamos, fijo y latente, dejando una gran huella con nuestra mirada en la mirada del otro. Llegó la tarde, y lo macabro del día era cada vez más macabro. Cada vez más ínfimas miradas por doquier, silencios absurdos, risas sin fuerza, esperando ese bendito momento en que el que descargábamos todos nuestros pesares.
Pleno Enero... El calor nos había fulminado a todos. Llegó la noche entre suspiros expectantes y brazos sin fuerza. Nos sentamos nuevamente, queriendo decir algo sin decir nada, guardando para nosotros lo que sabíamos y sentíamos dentro. Era mucho, era intenso, se nos iba por los poros, debíamos hacer algo. De repente se cortó la luz. Un golpe seco y nada más. Cayó al
suelo en un golpe, uno solo bastó para el grito desmesurado del resto. Silencio. Había sido yo, era sólo mi culpa, pero sin luz, nadie me había visto. Hice lo imposible para que se mantenga en pié. Todos suspiraron. Volvimos a mirarnos sin nada por decir, volvimos a esa rutina de estar sentados, planeando el ataque. Mi mano se posó sobre él, y casi sin quererlo, como si algo dentro mío, que no era yo, me impulsara a hacerlo. Volví a golpearlo, y esta vez más duro, y me vieron todos, y terminó volando un poco. Quién sabe por qué hacía eso... Lo cierto es que lo había hecho, y esta vez, por desesperación, no pude alzarlo. A la luz de la vela todo era mucho más siniestro que lo normal, mucho más complicado de entender. Si antes nos había golpeado el calor, la lluvia impetuosa nos consumía ahora. Sólo nos resguardaba un techo, y gracias a Dios.
Ya todos me echaban la culpa, ya no era yo, sino la otra, la que no podía dejar de hacerlo, y sentía los ojos, todos ellos alrededor mío, culpandome.
Pero todo tiene un fin, incluso lo peor. Volvió la luz, y de alegría, volví a golpear el vaso una vez más, pero esta vez, lleno de agua.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Carta que escribió la hormiga a horas de su muerte.

Me queda poco tiempo y ya no soy lo que era antes. Cambiaron mi esencia, mi perspectiva, mi modo, mi amar, mi fe, mis sentimientos. Revolvieron dentro mio hasta que encontraron no cómo hacerme daño, sino como apurar mi muerte. La traición de la hormiguita (de MI hormiguita), me dejó seco y perdido. Su traición se quedó con las últimas lágrimas que había en mí, su muerte se llevó mi último sentimiento de amor puro. Nunca voy a poder perdonarle eso, sobre todo porque aún la quiero, porque aún la extraño; eso es lo que no le perdono, que me duela tanto su falta de palabra. Me había jurado amor eterno y no lo cumplió, dejándome desorientado en la vida.
Nos unía un lazo verdadero, de esos que se quiebran con casi nada... y ella lo quebró... Tuvo la mala idea de acercarse para después traicionarme, humillarme frente a todos. Pero yo tengo puño de acero, y hoy puedo decir que gané la batalla, aunque aún en soledad tome té frío para tenerla más presente.
Ya todos conocen mi historia, entonces, puedo hablar del día de la horca sin ningún inconveniente. La había condenado con mi ser, pero aún no me había podido sacar el odio de dentro mio. Verla morir fue para mi un rito ambivalente. Fue gritar un NO desesperado, por amor aún, por esos ojos traicioneros que tan mal sabor me dejaron, pero que aún me enloquecían; fue adorar su sufrimiento maquiavelicamente. Esa mezcla de renconr y amor fue la que se grabó en mi cuerpo cual tatuaje eterno; fue el que día a día me hizo infeliz.
Hoy, ya sin nada por perder, sólo y sentenciado a la bella muerte de los nobles guerreros, elijo morir en esta guerra... Mi guerra de olvido lujurioso, ese que intentando olvidar recuerda a fuego lento.
Hoy, elijo la bella muerte: elijo colgar mi propia horca y entregarme al abismo.

lunes, 6 de diciembre de 2010

La nada.

Cuando algo es para siempre, lo es, pensó, mientras arrancaba el auto que cinco minutos antes había estacionado en su puerta. La soledad es, por momentos, lo más lindo del día; otras veces, es funesta, como lo era en esos momentos para ella. Miró por la ventana y vio nada, la nada misma que se instalaba en su vereda, cual asesina serial que la tenía acorralada. Claro, si retomaba las situaciones vividas el último tiempo, nada era favorable. Y menos ahora, que el auto ya se había ido. En su vida todo era neblina, pero una sola convicción se distinguía entre tanta sombra: nunca decir esto es lo peor, después de esto no hay nada, o cosas por el estilo. Había sido su convicción hasta ese momento, hasta el momento en que el coche se había alejado. En su mundo desvalijado por los infortunios inauditos y desorbitantes, él era su "algo seguro", su luz entre tanta oscuridad. Era poco, claro, era sólo una célula de las tantas que se necesitan para vivir, pero con esa le alcanzaba, al menos, para retener el alma en el cuerpo.
Si lo pensaba bien, no era la persona que se había ido de la que dependía, sino de la parte de ella que vivía en él. El problema se había creado cuando, sin quererlo, le pasó parte de su memoria. La cosa es que él se había llevado los recuerdos que ella le había confiado cuando su mente se había quedado en blanco, y ahora, sin él, vivía sin un pedazo de su identidad.
Volvió a mirar por la ventana. La nada seguía allí, inquieta. Ella seguía desconcertada. Pensó en preguntarle porque la buscaba, puesto que claramente la nada la quería para ella, y por eso le había quitado al único ser viviente que la rodeaba como si ella fuera de un cristal próximo a romperse. Abrió. La miró fijamente, desafiante, y pensó, como si pensar ayudase en esos momentos, que algo debía exitir tras aquella tempestad agotadora... Y se perdió en la tormenta.